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Un cuento chino


Para contar esta historia tenemos que remontarnos a fines del año pasado. Un equipo con mucho corazón se abrió pasado a través de grandes rivales, uno incluso que jugaba en Estados Unidos hace un buen tiempo, y se coronó como el mejor de todo un país. Un país que ahora tocaba representar. Primero en todo el continente, pero que aspiraba a llevarlo al resto del mundo. 

La organización: un lujo. Con anticipación consiguieron una gaming house en Brasil para jugarle de igual a igual a los mejores, en su casa. Allí, incluso con un cambio, se plantaron y dieron lo mejor de si. Arrasaron en la fase de grupos frente al mejor de cada país e incluso le pintaron la cara al cuco brasileño. En semis, otra muestra de clase y casi sin despeinarse llegaron a la final. Una final que significaba mucho más que la serie decisiva. Esa final te aseguraba el viaje a China; a una tierra milenaria donde van a llevar la bandera; tu bandera, para defenderla a capa y espada y posicionarla en lo más alto.

Fue una final para el infarto. Un ida y vuelta incesante que no daba lugar para relajarse ni un segundo. Un mapa para cada lado y al final, sobre el final, no se pudo conseguir el título, que era lo segundo más importante, porque lo primero ya estaba en el bolsillo.

Los héroes de esta historia no se rinden, y volveremos a saber de ellos en el gigante asiático, del otro lado del planeta, plantándole cara a los mejores; porque ahora están entre los mejores. Ese talento, esa garra, ese coraje y esas ganas de seguir creciendo se irán a China, para demostrar de una vez, y frente al mundo, que Argentina y que Isurus pueden llegar a lo más alto.